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miércoles, 19 de octubre de 2016

BOTICA PARA EL RECUERDO

BOTICA PARA EL RECUERDO.

La Casona de las Boticarias.

Escudo heráldico de la casona.

En el número 20 de la calle Mayor de Cehegín, se ubicó esta botica, que ya no ejerce como tal, está cerrada mucho tiempo y no es posible verla, o al menos es difícil. Esta mansión, data de los siglos XVII y XVIII y en la fachada a la calle Mayor campea un curioso y original escudo de la familia "Álvarez", según la citada placa. Los múltiples escudos en las casas de Cehegín son un verdadero laberinto pues, salvo los mas conocidos, todo está por desentrañar y es debido al ocaso de tantas familias y a las transmisiones de fincas urbanas.
Tiene la casona un claustro, o lo que las propietarias llamaban: "Corredor", abierto a las tres plantas del edificio con acceso a las habitaciones o celdas, que posibilita a lo que alude la placa: "que perteneció a las Monjas de la Concepción".
La Casa de las Boticarias la adquirió para su residencia el cura párroco de la Magdalena, don Frey Cayo Ortega y Muñoz, de la Orden de Santiago, en 1864, y la de su sobrino don Telesforo Ortega y Rivas, huérfano y criado a la sombra del clérigo. Don Telesforo estudió Farmacia, puso "botica" en uno de los bajos de la mansión citada y contrajo nupcias con doña Emilia Lorencio y Clemente, perteneciente a una de las prestigiosas y adineradas familias de la localidad.
De aquel matrimonio nacieron cuatro hijas –cuatro hermanitas como en los libros de cuento-  : Teresa, Pepa y las dos gemelas Carmen y Emilia, y un varón, "don Paco Ortega", que también fue farmacéutico. Cuando fallecido don Telesforo, el hijo se instaló por su cuenta y la viuda e hijas continuaron regentando la botica a modo de droguería o parafarmacia, con muchas de las fórmulas magistrales creadas por el padre, a partir de entonces las señoritas de Ortega Lorencio ya serían "las boticarias.



A lo largo del siglo XX, en  nuestra villa se han establecido numerosas boticas con competentes profesionales del fármaco, como suele decirse “Aquí hay de todo, como en botica”, cuando en determinado lugar, no falta nada de lo necesario o se presume que reúne todos los productos o remedios que pueden ser ofertados. La frase, procede del siglo XVI, cuando el Imperio español dominaba el mundo, por lo que las boticas del país estaban bien surtidas de todos los medicamentos y remedios curativos naturales conocidos en aquellos tiempos. 
Pero dejemos esta historia y centrémonos en Cehegín donde han pasado numerosos licenciados en farmacia, artífices de la fórmula magistral.  Y es que hay de todo en este valle de lágrimas, boticarios serios y formales y otros no tanto que, como el de la Verbena de la Paloma, don Hilarión, también gustaban de flirtear con las hijas de Eva, aunque ¿a quién no le gustan las hijas de nuestros primeros padres? Pero dejemos las bromas y centrémonos en el tema. Naturalmente, aparte de estos naturalistas y curanderos, nada más alejado de los profesionales de la medicina…, en las antiguas boticas, (que hoy llamamos farmacias y algunos el novedoso "oficina de farmacia"), solía haber una oferta relativamente abundante de los remedios que un enfermo necesitaba para curarse.

Estado actual de la Botica.
Como decimos, está cerrada desde los años sesenta del pasado siglo XX, porque todo cambia y vivimos otros tiempos en los que las pomadas y alquimias de antaño son sustituidas por las drogas que nos suministran a diario las multinacionales farmacéuticas para hacernos la vida placentera. Las Boticarias elaboraban un ungüento en pomada –bálsamo terapéutico y milagrosa panacea- envasado en unas preciosas cajitas de palma, lo mismo se utilizaba para los quemados que para el cutis, igual para aliviar un picazo que para suavizar una llaguita entre las ingles de los bebés o la pupa del mozo travieso. Don Francisco Ortega Lorencio, hermano de aquellas populares drogueras, aseguran que fue el creador de aquella pomada.

Foto antigua del claustro conventual.
Se cuenta que en aquel antiguo caserón…, o como era conocido por nuestros mayores: la casa de doña Emilia, o también de “Las Telesforas”, evocando a su padre el arcaico boticario don Telesforo Ortega, como digo, cuentan que poseía una biblioteca procedente del antiguo convento, que fue aquel recoleto edificio, retiro de monjas, con libros que contenían vetustas fórmulas magistrales de ungüentos para todas las curaciones.
Me contaba Abraham Ruiz, mi querido amigo y cronista oficial, en aquellas tardes apacibles del estío ceheginero, entre otras anécdotas, estas dos referidas a esta distinguida y original familia: -una mañana penetra en "la botica" una mozuela y le espeta al farmacéutico don Telesforo: - "... dice mi madre que si tiene Vd. 'espíritu de contradicción'..."-,  el licenciado respondió socarrón: "... Pepica, dile a tu madre que baje, que preguntan por ella..." La otra anécdota, es esta: - Por los años 1930 vinieron los misioneros a Cehegín, y en una primera reunión acordaron con las señoras constituir grupos de trabajo en varias viviendas y al sugerir ofrecimientos, las cuatro hermanas contestaron al unísono: -"En mi corredor... - En mi corredor... - En mi corredor... - En mi corredor... -" y el misionero, preguntó por las características de 'aquellos corredores' ... que eran sólo uno. Doña Emilia falleció centenaria, cuidada y mimada por aquellas hijas ejemplares, dotadas de gran carácter, poco agraciadas físicamente, muy listas, y que siempre hablaban las cuatro a la vez, lo que causaba tanta gracia a los visitantes.

Botamen de la botica.
La botica exhibía, en unas bellas estanterías torneadas de madera noble, unos tarros de cerámica donde guardaban diversos productos curativos. Los tarros y muebles de este establecimiento sirven ahora de decoración en la farmacia del licenciado Fernández Ortega, ubicada en el barrio de las Maravillas, y nos hacen recordar otros tiempos, es como una historia encuadernada que ya no se lee, de la orden de la receta de la técnica magistral. No poseían marcas, ni específicos, era el mundo del trabajo directo, de la curación artesana. Ahí están todavía, aunque tan sólo en el recuerdo de la rebotica tertuliana donde se discutiría de lo divino y humano, los antiguos jarabes y aguas, la triaca –contra las mordeduras de bichos venenosos--, los posos de excreta y otros productos animales. Estaba, seguramente, recién llegado el estramonio (sus hojas secas se usaban como medicamento contra las afecciones asmáticas, fumándolas mezcladas con tabaco, y las hojas y las semillas, como narcótico y antiespasmódico), la gutagamba, el cornezuelo de centeno, la ipecacuana (muy usada en medicina como vomitiva, tónica, purgante y sudorífica), el crémor tártaro para purgarse, el cáustico lunar, el sulfato ferroso y otras preparaciones inorgánicas. Cosmético de valeriana y canela --como antiespasmódico--. Se rechazaban como preámbulo de la superstición las telarañas, también llamadas “polvos de puerta”, el musgo de cráneo humano, la leche virginal o los huesos del corazón de cierva preñada.

Estado ruinoso en la actualidad.
Botica sin boticario, hoy ruinosa, ya camino del olvidado monumento del vestigio. ¡¡Misteriosa botica en el nº 20 de la calle Mayor ceheginera!!, con su botamen talaverano, tarros ostentado nombres desusados que se han borrado de todas partes menos de los libros de medicina.
Su destino ya se cumplió y todo queda en el recuerdo, porque…,¿cómo pretender en el siglo XXI curarnos enfermedades de siglo XVIII…? ¿Sí?....... Pero mejor dejarla donde está como un símbolo de la fugacidad de la posología. 

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