Desde mi Buhardilla Mesonzoica
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lunes, 15 de junio de 2015

LA NOCHE DE S. JUAN

LA NOCHE DE S. JUAN

Cuentan que la noche de San Juan irradia una extraña ‘magia’ un etéreo fulgor que se expande entre las sombras de hogueras en la claridad nocturna. Las fogatas alejan el mal, por lo que saltar por encima de ellas, danzar a su alrededor y mancharse con su ceniza, son maneras de apartar malos espíritus de nuestro camino y preparar un año de buena suerte y buenas vibraciones.


Saltando sobre el fuego
Numerosos sortilegios siembran de tradiciones esta conmemoración: Es el día en que el Sol brilla durante más tiempo en el cielo, pero al mismo tiempo inicia su irreversible recorrido hacia el solsticio de invierno, su muerte simbólica. Este es un ritual de amor y unión que puede ser utilizado tanto por parejas nuevas como para confirmar promesas anteriores. El 23 de junio, a las 12 de la noche, exponga al cielo el recipiente con agua. Si se reflejan: 7 estrellas: Tendrá éxito. Los nigromantes y augures aseguran que esa velada nocherniega es “La Noche Más Hermosa”... donde se manifiestan portentos singulares y las almas enamoradas retozan radiantes por los cobijos del éxtasis. "Es la noche que espera el campesino para azotar a los árboles flojos que no quieren dar frutos; en que los conjuros para el amor y la buena suerte surgen efecto y nuestra Madre naturaleza puede demostrar poderes insospechados."  Y así muchísimos más ensalmos.
Aquí en Cehegín, antaño, las mozas ponían esa noche tres cardonchas al sereno con los nombres de sus pretendientes y la cardoncha que más perduraba es la que desvelaba el nombre del elegido.


Cardoncha
Supongo que muchos de ustedes queridos lectores habrán ido alguna vez en una noche de ronda a ‘echarle una música’ a la muchacha de sus sueños. Se practicaba sobre todo en las anochecidas del estío, en esas maravillosas trasnochadas al reconfortante fresco ceheginero, cuando los jazmineros y los galanes de noche embriagaban desde los miradores con su peculiar aroma a los rondandores, esa época donde aparecen las brevas rayadas en sazón, -una tentación para el paladar-, y ya se despejaban las prisas exigidas por la riquísima, pero efímera campaña del albaricoque y las parrandas invitaban a galantear a las zagalas por nuestro enigmático y singular Casco Antiguo.
En la maravillosa noche de San Juan Bautista, pertrechados de guitarras, bandurrias y laúdes bien afinados comenzaba este tiempo de rondar a las jóvenes que, ataviadas ya con camisón de dormir y perfumadas con las colonias de moda, aguardaban cual melancólica Julieta, asomadas ‘entrevisillos’ desde el ventanal o el balcón a dar las gracias por la música y si el padre de la zagala era benevolente seguro que alguna copita y algún dulce nos sacaba para continuar entonados la ronda.

Rondalla años 50.

Es desafortunado que esta complaciente tradición de ‘ir de música’ halla pasado al baúl de los recuerdos… y que las únicas músicas que se oyen en las veladas estivales sean esas vocingleras megafiestas que ensordecen la apacible calma de los que deseamos tranquilidad y reflexión.
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