Desde mi Buhardilla Mesonzoica
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jueves, 16 de julio de 2015

Una cerveza fresquita.

UNA CERVEZA FRESQUITA.

Me hallaba el otro día en la repostería de la piscina dando cuenta de una fresquita cerveza que mitigase los rigores caniculares, cuando observé la gentil figura de una zagala en flor que lucía un esplendido bikini y que mostraba parte de sus tiernos encantos.

Joven bañista.
En ese instante me llamó la atención la deformación que generaba el dichoso cristal cervecero y recordé la reflexión de Max Estrella dialogando con don Latino: -«Las imágenes más bellas en un espejo cóncavo son absurdas, por eso, España es una deformación grotesca de la civilización europea…>>-y pensé: -«Sin duda, que Valle tenía razón, los cristales cóncavos deforman fachosamente la realidad española, en este caso transformando a la graciosa jovenzuela, a través del vaso ondeado por el sabroso líquido, en una mozarrona configurada con mullido trasero exhibido sin complejos, como aquel anuncio de cierto güisqui».- 

Espejos calle del Gato.
Como asevera aquel famoso verso de Campoamor: -«todo es según el color del cristal con que se mira…»-, evidentemente tenían razón los espejos de la calle del Gato madrileña. La vida es semejante, aunque algunos se empeñen en dogmatizar cuanto llega a sus manos, como si fuesen secretarios de estado del Altísimo. 
Lo cierto es que todo es relativo en este mundo traidor donde coexistimos, mientras no se demuestre lo contrario. Hasta los sedimentos de una simple cerveza fresquita nos desvela la falsedad de la realidad humana. Porque, ¿quién podría atreverse a galantear a una beldad de ese calibre garbillada por las onduladas espumas del generoso vaso de lúpulo?...

Cerveza fresca.
Y es que permanecemos en una sociedad de tartufos, se aplaude la impostura, está considerada una virtud, y somos incapaces de desenmascararla, no sólo eso, sino que la enaltecemos como algo digno de personas inteligentes que presumen de conocer las miserias humanas, nos deslumbramos con el fulgor de los escaparates pretenciosos
Solamente nos interesa que nos cuenten lo que deseamos escuchar. A eso, toda la vida, se le ha denominado Demagogia. Como si al espejito mágico de la pécora  madrastra se refiriera, nos encanta que adulen nuestra listeza, ¡somos los mejores! o “la excelencia” —que no son sinónimos—, los más guapos, jóvenes, ricos, altos, aunque en el fondo de la cuestión se trasluzca ante los enojosos espejos cóncavos la triste realidad, un microcosmos de narcisistas y pedantes, un taciturno hormiguero que lucha por aplastar al que se atreva a intentar despojarlos del cetro de las vanidades. 
Deberíamos evocar los hermosos versos del mayor de los Machado, Manuel, que cantaban así: «No se ganan, se heredan elegancia y blasón…, Pero el lema de casa, el mote del escudo, es una nube vaga que eclipsa un vano sol».
La disputa por el poder y la gloria está en la palestra, como aseveraba mi viejo tío David, hace bastantes años: «Hazte allá que eres “negro”…»  o lo que es igual, la sentencia de mi querido amigo: Paco el Supersabio: «Quita de ahí para que me ponga yo…»
Por eso no debemos ensombrecer lo por venir, afortunadamente, después de la vorágine, la vida seguirá igual para casi todos.

Antonio González Noguerol 

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