Desde mi Buhardilla Mesonzoica
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viernes, 28 de agosto de 2015

NOCTURNO DE AGOSTO.

NOCTURNO DE AGOSTO.

Anochecer ceheginero.
El estío siempre han sido propicio al relajamiento, al trasnocho, y así siguen siéndolo, como también las verbenas, las terrazas saboreando un refrescante helado. Gozamos de una ciudad moderna y bien equipada. Aunque por nuestros babilónicos ríos, desgraciadamente ya no bajan caudales de agua como antaño, ni se forman aquellas ‘vaeras’ donde la gente solía bañarse y secarse al ardiente sol de las riberas. 
Hermoso verano ceheginense, noches refrescantes donde pasear por el incomparable casco antiguo en busca de rincones misteriosos, sus retorcidas callejuelas siempre nos ofrecerán sorprendentes detalles. Plaza vieja, Pozo, ladera de la cuesta de las Maravillas, o Marmallejo y Peñicas… placeta Pinatos…, Olmitos, y tantas otras calles angostas. Y si además vamos en agradable compañía no digamos más.

Antiguo ayuntamiento.
Y es que Cehegín es uno de nuestros pueblos más atractivos. Es una gozada escalar hasta el Paseo de la Concepción y contemplar el paisaje nocturno, la cúpula celestial claveteada de luces que nos guiñan desde la lejanía –mira que si nos observaran de otros planetas, igual poseen potentes telescopios o como ellos llamen a estos artilugios- … ¿qué pensarán de nosotros… ?
Si nos quedamos en silencio apoyados en las alargadas barandas de este magnífico mirador y escuchamos los murmullos que acuden a nuestros oídos, sorprende cuántos sonidos se escapan de nuestra atención, son como mensajes incoherentes pero que seguramente nos quieren indicar algo insospechado. Pero se pierden en el espacio y el tiempo, hasta que la brisa nocturna se los lleva hacia otras esferas ignotas.
Callejas amontonadas.
Desde ese legendario paseo de la Concepción podemos ver los resplandores de tantas cosas lejanas: por el norte, veremos las sierras moratalleras, tantas veces castigadas en verano por el fuego y más cercano el fulgor del fortín de la Virgen de la Peña y Canara –. Al oeste relampaguean fugazmente las luces de la vecina Caravaca, aunque esto sólo se observa si volvemos la espalda cuando remontamos la escalinata hacia el paseo. Ya si seguimos por la balaustrada, veremos el otro mirador cercano de la plaza del Castillo con la monumental silueta de la Magdalena, nuestra gran basílica, radiante por los fanales nocturnos que le confieren una enorme belleza y misterio.
Plaza del Castillo.
Al este, el centro oriental del paseo, vemos la silueta iluminada de rocoso colegio de los franciscanos, ahora centro educativo local y todo el urbanismo de la ciudad nueva, a lo lejos, las luces de los automóviles nos señalan la ruta hacia Murcia y la hermosura forestal de la Pollera. Y más al sur, a la derecha del Paseo, vemos toda las exuberancia del valle del Paraíso y sierra del Quípar, el camposanto y el gran montículo –la montaña sagrada de los prehistóricos- la Peña Rubia, santuario de nuestros primeros antepasados. 
Así es más o menos el entorno donde hemos tenido la suerte de anidar, un verdadero edén. Suficientes argumentos para disfrutar de una trasnochada gratificante. 

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