Desde mi Buhardilla Mesonzoica
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martes, 11 de agosto de 2015

VAMOS DE SERENATA

’VAMOS DE MÚSICA’ ESTA NOCHE…? 

“La música amansa a las fieras”.




La palabra ‘Serenata’ proviene del latín ‘serus’ (tardío). En un sentido más estricto podemos considerarla una composición poética o musical destinada a interpretarla en la calle o al aire libre y durante la noche, para festejar a alguien, generalmente a una mujer, bajo su ventana. Un ejemplo característico podríamos exponerlo con la popular serenata cantada por Don Giovanni acompañado de una mandolina al principio del segundo acto de la célebre ópera de Mozart. En la zarzuela, una emblemático pasacalle nos muestra cómo sería una serenata por un grupo de soldados en la célebre obra del maestro Serrano La Canción del Olvido: "El Soldado de Nápoles".


Con el advenimiento de nuevas ilustraciones, una de las proverbiales costumbres que ha pasado a mejor vida son las serenatas, o mejor dicho, lo que algunos recordamos como “ir de música”. Supongo que muchos de ustedes queridos amigos habrán ido alguna vez en una noche hermosa a ‘echarle una música’ a la muchacha de sus sueños.
Se practicaba sobre todo en las anochecidas del estío, en esas maravillosas veladas al reconfortante fresco ceheginero, cuando los jazmines  expandían su mágica fragancia por las calles de Cehegin, cuando las brevas maduras eran una tentación y ya se despejaban las prisas exigidas por la riquísima, pero efímera, campaña del albaricoque y las trasnochadas invitaban a pasear por ese enigmático y singular Casco Antiguo ceheginero.

La Tuna ronda a las chicas.
En una de aquellas felices rondas un amigo querido, José el Sieteaños, después de la apacible música de cuerda, le gustaba recitar versos a las mozas. Y le dio por recitar versos de Hamlet: -“Ser o no ser, esta es la cuestión…”- la retantanilla era repetida, con voz engolada, una y otra vez insistentemente: -“…Ser o no ser…, etc.”- En una pausa, mientras le dábamos un bravío tiento a la damajuana, asomó, desde un balcón, un vecino a calzón quitado, parafraseando con potente voz los versos shakesperianos: -“Morir, dormir, ¡ah…!, dormir... ¡Tal vez soñar!... ¡Qué difícil…!”- todos quedamos en silencio y sólo unas risitas y unos leves pasos acompañaron nuestra despedida a la zagala agasajada.
Pero no sólo corríamos el riesgo de ser amonestados por un vecino, de igual forma la policía municipal acudía al reclamo de la algarabía solicitando el permiso pertinente de la alcaldía para celebrar la serenata y siempre surgía algún acompañante que irónicamente les rogaba: -“No veis que se la estamos echando a su novia… andad, tomar este ‘permiso’ y sed un poco tolerantes…”- y les entregaba la botella de ‘revuelto’ para que se diesen un buen trago contra la inclemente escarcha de la madrugada ceheginera y siguieran su ronda un poco más entonados.
Cada año, en la maravillosa anochecida de San Ramón Nonato, también se celebraba una tradicional serenata en honor de un personaje representativo de Cehegín: 'Ramona la lavandera'.

Ramona 'la lavandera'.
Ella, mujer coqueta pese a sus ausencias físicas y estéticas. Dama muy aseada, acostumbraba a usar ropas de calidad, esa noche se ataviaba con camisón adornado de ricas blondas y perfumada con ‘Embrujo de Sevilla’, cual melancólica Julieta, asomaba a su balcón a dar las gracias por la música.

Orq. de pulso y púa de Jinés el Ciego.
En una de aquellas refrescantes veladas a la intemperie, con la rondalla capitaneada por mi maestro Jinés el Ciego, se alargó el repertorio musical hasta primeras horas de la alborada. En el clímax del festejo, cuando ya afinaba la cuerda el gallo concertino para el toque de alba, después del generoso convite de nuestra anfitriona Ramona, se le pidió al bienquisto juglar Antonio Zarco que cantase la romanza de La Tempestad del maestro Chapí: -“Venga Antonio…, la Tempestad, vamos, ¡anímate!…”- insistíamos a nuestro compañero, cuando un vecino, acequiero regador, que debía madrugar para ir a la faena y harto ya de tanto aquelarre musical, gritó estentóreo: -“Eso es lo que debía caeros encima de una vez, una Tempestad, ¡pijo!...,  pero de rayos y truenos…”- la carcajada fue unánime.

Antonio Zarco cantando el Canto a Murcia de La Parranda.
Lo cierto es que estas y otras muchas tradiciones van desapareciendo en pro de nuevas costumbres, ni mejores, ni peores. Pero sin duda ‘Echar músicas’ marcó una entrañable época que jamás volverá, aunque su recuerdo permanezca indeleblemente guardado en nuestro corazón.

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