Desde mi Buhardilla Mesonzoica
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jueves, 3 de diciembre de 2015

LA CURVA DEL Km. 50 Y SU FLORESTA

LA CURVA DEL CINCUENTA Y SU FLORESTA.

Orgía forestal.

Pues sí amigos, la curva del Km. 50 fue apartada de la ruta hacia la capital del Segura. Pero conste que no ha sido ‘eliminada’. Desde la nueva autovía la contemplamos al pasar, naturalmente si frenamos un poco, y algunos hasta nos congratulamos con cierta nostálgica evocando aquellas giras con destino a la Casa de los Guardas, a bordo del viejo folitraque de madera motorizado con gasógeno, con hechuras de diligencia…,  sus propietarios, los Celedonios, además de atender la línea diaria entre Cehegín y Caravaca, realizaban viajes discrecionales con numerosas excursiones por la comarca, en las que transcurría casi medio día de viaje, a causa de su precariedad automovilística, no era difícil para los viajeros verse obligados a empujar en algunas de las cuestas del trayecto. Como la del Llanico cuando el sol madrugador saludaba cortés y al coronar las rasantes de Cuatrovientos nos deslumbraba obligando a reducir la velocidad al iniciar el repecho.  Se solía decir: “Eres más peligroso que la curva del 50”.
Los visitantes eran advertidos ya desde el desierto de Albudeite y las Sinuosas Curvas del Baladre, o las trepidantes Rectas de Bullas, que se avecinaban trazados tan peligrosos como la curva del kilómetro 50, señalando el primer aviso al viajero que se adentraba en contornos prohibitivos, como si se tratara de un ‘territorio comanche’. Entonces se nos echaban encima parajes como el insondable arroyo del Padre Pecador (el popular puente del Pae’pecaor) o la funesta curva del barranco de Burete.

Casona de los Ingenieros forestales.
En aquellas temidas curvas acontecieron innumerables sucesos. No solo nacieron, también murieron algunos seres. Los unos por adelantarse el parto por aquellos parajes mientras el vehículo transportaba a la madre hacia la capital en busca de la asistencia médica que no existía en nuestros pueblos y los últimos, debido a lamentables accidentes de circulación.
Palacio Carrascalejo del Marqués de Pidal (de abajo).
Como contaba el conductor de la ambulancia local, personaje socarrón donde los haya: -“Me dirigía a la Arrixaca con un moribundo, pero he tenido que volver porque se ha quedado sin gasolina por la curva del 50... “– “Pero hombre eso es imperdonable en un veterano chófer.”.- le manifestaba yo... y él replicaba: -“No, si quien se ha quedado sin “gasolina” ha sido el enfermo...”-

Restos del Palacio Carrascalejo de Béjar (Arriba)
 Por esos andurriales discurría el paseo hacia los Carrascalejos, el de abajo con la habitual visita al Cristo, entonada con alguna botella del exquisito vino del Marqués de Pidal o el otro caserón de arriba con el aura de Casona de Muñecas por donde se encaminaba la sendica hacia ese melancólico paraje de Rompealbardas, retiro espiritual de los franciscanos cehegineros –“¡qué exquisitos melocotones se crían allí”-.

Casa de Rompealbardas
Aún se puede aspirar el perfume del espliego y el romero o los enervantes tomillos ideales contra la ‘rescoldera’. Así mismo encontraremos los quebrantapiedras y pieldecristo, auténtica panacea contra el dolor de muelas..., según aseguraba mi vecino del Mesoncico, el tío Pedro ‘el alquimista’ –“¡Cuánto sabría de herboristería aquel viejito enjuto y pequeñuso!”-, o los perennes cipreses de donde se obtiene el “Ungüento de la Condesa”, muy alabado por prevenir el aborto y curar las debilidades del útero, el vientre y los riñones; en suma, un auténtico laboratorio de bosques salutíferos.  Más adelante podemos ascender al refugio de Cuatro Vientos donde las pajaricas de las nieves gorgojean saltarinas por los libérrimos pinares en busca de sus nutrientes ‘bellotas de esmeralda’. 
Y más allá podremos observar el lujuriante cromatismo de la masa forestal extendiéndose por la Fuente de la Cagueta hasta los contornos de Burete, donde otro curativo manantial el de la Hoya de don Gil nos regalaba el dulce néctar de sus aguas, -hoy veneras proscritas-. Allí también podemos visitar el romántico palacete conocido como Casa de la Gloria, una suerte de villa de verano escondida entre los pinos.

Visita a la Casa de la Gloria.
Si rematamos la excursión y subimos a la Peñica del Viento hasta divisaremos alguna escuadrilla de golondrinas en perfecta formación de combate, dispuestas a entablar su particular batalla contra los huertos de Cantalobos y el Tollo y en la lejanía la asombrosa silueta ceheginense destacando al contraluz del ocaso.

Paisaje lejano de Cehegin
Menuda riqueza terapéutica atesoramos en nuestros boscajes. 
Una maravillosa gozada para los ecologistas.


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