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lunes, 15 de febrero de 2016

BULAS CUARESMALES

LAS BULAS CUARESMALES

El Miércoles de Ceniza abría un tiempo de penitencia hasta el Domingo de Resurrección y no sólo marcaba las comidas, también la diversión y el día a día. «Comer de viernes» era sustituir el cocido por un potaje de garbanzos, algo de bacalao o algún pescado a la plancha, en general sardinas, y también arenques. «La Cuaresma se representaba como una vieja con siete pies (por las siete semanas que abarca) y un bacalao seco en la mano», comenta el historiador Eslava Galán.

La Vieja cuaresmera de siete pies.
Así comer embutidos o jamón, (a quién podía permitírselo el bolsillo), era motivo de confesión, si no se hubieran hecho con una bula.  «Los diocesanos que no tomen la bula y su indulto, pecan mortalmente si no observan la vigilia todos los viernes del año, guardan el ayuno todos los días de Cuaresma y abstinencia con ayuno el miércoles de ceniza, todos los viernes y sábados de Cuaresma», señalaban las normas de los obispados de 1950. Quienes hubieran adquirido la Bula de la Santa Cruzada solo tenían la: «obligación de observar vigilia todos los viernes de Cuaresma, guardar ayuno el miércoles de ceniza y ayunar con abstinencia el Viernes Santo». No podían, pues, comer nada de carne de animales de tierra, pero sí derivados (huevos, productos lácteos) cualquier día, incluso los de ayuno. Paradójicamente se permitía saborear gambas, cigalas, meros y merluzas y todo cuanto da la mar.
La Bula de la Santa Cruzada había sido concedida a los Reyes Católicos por el Papa Julio II en 1509, a semejanza de las que otorgaron Urbano II e Inocencio III a los cristianos que fueron a recuperar la Tierra Santa vistiendo en el pecho la roja divisa de los cruzados. Los sucesores Pontífices continuaron con la concesión, mandando que el importe de las limosnas se destinara al culto de las iglesias. El documento pontificio era conducido bajo palio en procesión en varias ciudades españolas.

Procesión de la Santa Bula.
El precio de la bula, de entre 50 céntimos hasta 10 pesetas, dependía del nivel económico que se tuviera. Te las vendía el párroco en la sacristía y en aquellos tiempos era conveniente ser generoso con la Iglesia, inevitablemente la adquisición del privilegio se hizo indicador del estatus social, y se hacía ostentación de él.
Recuerdo a Juanico el Aguaor que contaba de su pícara niñez, hace medio siglo, cuando los cuarenta días anteriores a la Semana Santa se vivían entre ayunos y abstinencias en recuerdo de los que pasó Jesucristo en el desierto: -“Mi abuela me mandaba a la parroquia para adquirir la bula de Cuaresma y yo buscaba en el cajón la del año anterior y me quedaba el dinero”. -

Documento de Bula Cuaresmal.
La clase media era la que más cumplía con la «vigilia», aunque no sin dificultad. El pescado llegaba a los pueblos «poco y mal», los pescaderos conducían de noche para regresar al amanecer con el pescado comprado a última hora del día anterior en aquellas localidades que se encontraban más o menos cerca de la costa, no había refrigeradores en los que conservarlo. Se comía mucha sardina y arenque, aunque el ‘rey’ era el bacalao. 
Luis Gabaldón escribió un elogio a este pescado en ABC allá por 1908 al que llama «el árbitro de la vigilia, más aún, el anarquista de la carne» y relata cómo muchas casas de huéspedes cerraban «por vigilia», ante los problemas de organizar comidas de abstinencia.

Alimentos del mar permitidos.
En 1966, tras el Concilio Vaticano II, Pablo VI suavizó estas normas para los católicos de todo el mundo. Mantuvo el carácter penitencial del viernes con la obligación de abstenerse de comer carne, pero liberó de ella a los menores de catorce años (antes se exigía desde los 7 años). Ese mismo año, la Conferencia Episcopal anunciaba la desaparición definitiva de la tradicional Bula de la Santa Cruzada, renunciando a unos ingresos que en los últimos años habían alcanzado los 96 millones de pesetas. 
De todas formas la bula había permitido a los españoles vivir la cuaresma sin el rigor de otros países. En Francia, por ejemplo, Luis XIV ordenó en 1671 a la policía registrar las casas para requisar los alimentos prohibidos.

Monumento de Cuaresma.
En los templos se cubrían las imágenes con paños morados en señal de recogimiento y duelo por el tiempo penitencial que se avecinaba. Los españoles de principios y mediados del siglo XX debían vestir además de forma modesta, dar limosnas, velar (privarse del sueño), abstenerse de diversiones e incluso de hacer vida social y a los esposos se les pedía continencia sexual, siguiendo una antigua decretal de un pontífice del siglo IV. Es obvio que no se pedía desde el púlpito, pero se veía conveniente. Eran días de recogimiento, en la que no convenían las manifestaciones de alegría. En el Cancionero de la Vaticana se cuenta que un rey requirió en amores a una soldadera y ella lo rechazó por ser Semana Santa y tener que guardar abstinencia.

Una soldadera besa a su soldado.
La música resultaba inadecuada y las emisoras cambiaban las variedades por la música sacra. Las salas de baile se veían obligadas a cerrar por mandato de la autoridad e incluso la cuaresma se reflejaba en los comercios, había tiendas que arreglaban los escaparates con motivos religiosos y las corseterías quitaban de ellos parte de su género porque estaba mal visto todo lo que pudiera favorecer la lujuria. Se llegaba a tapar las esculturas. Los juegos de cartas y otros como el billar o el dominó, etc., se prohibían también en los casinos y círculos.

Peliculas de Cuaresma.
Los cines cerraban o solo ponían películas de carácter religioso y las procesiones eran cotidianas en toda España, especialmente en Castilla y León, Extremadura, Murcia y Andalucía. Muchas de ellas han perdurado hasta hoy, como también se mantiene el ayuno y la abstinencia el miércoles de ceniza y el Viernes Santo y la abstinencia los viernes de Cuaresma para los católicos, pero no con el rigor de antaño.

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