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martes, 4 de octubre de 2022

CINE NOSTÁLGICO Y KIM NOVAK

                                     CINE NOSTÁLGICO


Las películas entrañables, como los galanteos de la pubescencia, nunca se olvidan. Hay filmes, que, sin ser obras maestras, marcaron indeleblemente a toda una generación que no disfrutaba de otra forma cultural que no fuese aquel viejo cine Alfaro, donde tantos sueños inalcanzables nos despertaron. Parece mentira cómo han pasado los años, fechas de algunas privaciones, y no solo crematísticas, cuando los pueblos del noroeste murciano desconocían los oropeles del progreso y la “calidad de vida”, cuando nuestras calles sembradas de guijarros argamasados por las polvaredas y los sedimentos, desanimaban al más optimista, aunque gozáramos de paisajes en blanco y negro, amables y bucólicos, a los que aún no se les había mancillado con los ornatos consumistas de la modernidad.  Cantaba, a la sazón, el recordado Carranza: « Mi viejo Cehegín de calles retorcidas / mi viejo Cehegín de casas desmayadas / mi viejo Cehegín de cuestas con fatiga / mi viejo Cehegín de plazas arrugadas... »―



Hace bastante tiempo, como decía antes, sesenta años, más o menos, vi en el Cine Alfaro, el lugar de cita de los amigos cinéfilos, un filme de George Sidney protagonizado por Tyrone Power y Kim Novak, se titulaba “The Eddy Duchin Story” (Melodía Inmortal), un lacrimógeno melodrama al estilo de la época que narraba la historia del malogrado intérprete Eddy Duchin. El pianista Carmen Cavallaro y una soberbia orquesta, interpretaban las melodías que Duchin tocó durante su exitoso periplo por el mundo del espectáculo. Era conmovedora, sobre todo la consternación de la escena final cuando el músico muere, afectado por la leucemia, mientras tecleaba en el piano su "melodía inmortal", que era una versión moderna titulada “To Love again”, basada en el Nocturno nº 2 en mi bemol mayor, op.9, uno de los más bellos y nostálgicos de Frederic Chopin. 
No había vuelto a saber del film, hasta hace unos días, cuando un amigo me regaló un CD con  música de películas famosas como: “Sólo ante el peligro”; “El tercer hombre”;  “El Padrino”; “Casablanca”, y entre ellas, apareció como por arte de magia un fragmento de  “The Eddy Duchin Story”. Este hallazgo me hizo buscar de nuevo la reedición de la banda sonora en formato moderno.

Hoy, al momento de escribir estas letras, he vuelto a vivir esos hermosos episodios de juventud con toda su carga de melancolía y saudade, y escucho, con el mismo entusiasmo de 1960, esa cascada de notas de “Dizzy Fingers”, canción en la que los dedos de Cavallaro hilvanan sobre el teclado como un encordado de sutiles hilos de agua acariciado por sorprendentes avecillas. O el calor y la ternura de “You’re my everythings” en donde, al contrario de la anterior pieza, el pianista roza las teclas como si temieran dañarlas. O la jovialidad al mismo tiempo que la gracia de la “versión Cavallaro” de “Brazil”, la inmortal samba de Ary Barroso. O la tristeza evocadora de “Manhattan”. 

Para finalmente vivir la emoción que me asalta ahora, en este instante en el que la escucho y escribo estas letras y que siempre me despertó la "melodía inmortal" de Chopin. Esa hermosura arrebatadora de los arpegios del virtuoso pianista cuando sigue a los demás instrumentos de la orquesta, para acabar con ese sublime, aunque fugaz, diálogo entre el piano y unos violines íntimos, coloquio que nos descubre las profundidades del alma humana más allá de la vehemencia y el silencio.


Confieso que me asaltó la emoción. Y no sólo por el sentimiento que despierta la historia de Duchin, ni por la belleza de las interpretaciones del pianista Cavallaro, ni por el recuerdo de la diosa: Kim Novak ―”Pic-nic”; “Vértigo”, “El hombre del brazo de Oro”― que fue mi actriz favorita y el romance oculto de todos los adolescentes de la época, ni por los primeros devaneos y esas aventuras impúberes, deliciosas e inenarrables de la juventud, sino por todo cuanto representó aquel tiempo: el filme, la música, los actores, el pianista, la radio y el cine, maravillosos adelantos que fueron el símbolo de una época precaria, pero llena de asombrosas posibilidades, que transcurrió esperanzadamente en medio de la indiferencia de quienes no pensaron en las consecuencias de la desidia cultural rampante, frente a los que buenamente veíamos entonces el mundo y el futuro de un modo diferente, con la pasión de la juventud.

 Sin duda una visión mucho más igualitaria y enriquecedora.

 A. González Noguerol-Motolite

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