Desde mi Buhardilla Mesonzoica
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lunes, 26 de octubre de 2015

LOS SANTOS Y DON JUAN

Festividad de los Santos y los Difuntos.
 O Halloween y los ‘Huesos’ de don Juan.

Cementerio de Cehegín.
Las conmemoraciones de Todos los Santos y Fieles Difuntos son, en sus raíces, evocaciones otoñales preñadas de jornadas tristes y melancólicas que nos anuncian la inminente proximidad del invierno, quizás influenciadas por el tradicional tiempo inclemente, un día lluvioso, otros con neblinas agoreras que representan un momento de reencuentro entre el mundo de los muertos y el de los vivos. 
Son muchas las tradiciones que concurren en estas fechas: desde las referencias literarias, (D. Juan Tenorio de Zorrilla; El Estudiante de Salamanca de Espronceda...etc.), cuando nos acercamos al mes de noviembre, es inevitable vincularlo a la figura fantasmagórica de Don Juan; la polifacética estampa del descreído y disoluto ‘Burlador de Sevilla’. ¿Qué no se habrá escrito, a lo largo y ancho de nuestro planeta del mito de don Juan? Sin lugar a dudas, dentro de la iconografía literaria española don Juan y don Quijote ocupan lugares preeminentes.

Escena de don Juan Tenorio.
Pero desde hace unos años, acaso por la agobiante influencia anglófila que soportamos, poco a poco aumenta la celebración de la fiesta de Halloween, calificativo anglosajón para la noche del 31 de octubre, que precede a la fiesta cristiana de ‘Todos los Santos’.

Brujas elaborando pociones mágicas
Las prácticas conectadas con esta festividad de las brujas parece se originaron entre los antiguos druidas, que creían que esa noche, Saman, el señor de la muerte, provocaba a las huestes del ‘Maligno’ y ellos encendían grandes hogueras con el propósito de rechazar a todos esos espíritus.

Rito Celta.
Entre los antiguos celtas, la noche de las Brujas  era el momento propicio para examinar los presagios del futuro. También creían que las ánimas en tránsito revisitaban sus moradas terrenales esa noche, y por ello se les preparaba cama caliente, pan y vino. 
El concepto de fantasmas y hechiceras sigue siendo común en todas estas celebraciones. Al parecer, esta tradición del Halloween fue llevada a EE.UU. por otro pueblo presuntamente celta: los irlandeses. Las viejas leyendas nos dicen que los primeros reyes de Irlanda, y con ellos la clase dominante, llegaron de Galicia. Con todas las reservas imaginables, tendría gracia que la truculenta calabaza fuese gallega. 
Lo cierto es que esta fiesta de máscaras, se ha extendido a muchos países ajenos a las costumbres anglosajonas, y consiste en que los niños se disfrazan con esas macabras caretas y salen al vecindario a pedir dulces. 
No es extraño pues, que ya en los colegios hispanos se haya puesto de moda esta celebración. En la actual ‘sociedad de consumo’ incluso se compran estas máscaras prefabricadas. Aunque en la España rural de la primera mitad del siglo pasado –concretamente en nuestro propio pueblo, Cehegín- antes de que llegasen a las aldeas el cine y la televisión y nos trajesen la fiesta estadounidense del Halloween, los niños ponían en los rincones más oscuros de los balcones y miradores esas calabazas huecas, con ojos y boca, con una velita en su interior.

Farolicos con calabazas huecas.
 Eran tiempos más precarios y la gente elaboraba la pulpa que se extrae de esas calabazas y cirigaitas (cidra cayote), entre ellas una tarta muy rica o calabazate confitado y cabello de ángel. Una anécdota ceheginera viene al caso: A cierto cura le trajeron una carga de “melones de año” y los niños vecinos le pidieron a coro: -“señor cura, ¿nos da usted unos cuantos melones para hacer unos farolicos…?- Y el clérigo, que además era muy glotón, les contestó: -“¡Cuando me coma la molla…!”
Niños con los farolicos de calabaza.
También los huesos de santo, esos deliciosos canutillos de mazapán rellenos de crema de yema, son una vieja tradición para esta celebración, eso sí, dulcísimos. O los buñuelos de viento, aún más antiguos; ya habla de ellos Francisco Martínez Montiño, cocinero de Felipe III, en su libro "Arte de Cocina" publicado en el año de 1611. Se trata de una pasta de freír, rellena de... ¡aire!; de ahí que se les llamase "buñuelos de viento", seguramente evocando estos días fríos y ventosos propios de la época. Sin embargo hoy ya no son "de viento": van rellenos de crema o de nata. A diferencia de los huesos de santo, los buñuelos se comen sin sentir, aunque al final, como es lógico, el exceso empache lo suyo.

Buñuelos de Viento y Huesos de Santo.
 Dicho esto, lo único que está claro es que la conmemoración de Todos los Santos y Fieles Difuntos se ha convertido en otro hito anual del consumo: los huesos y los buñuelos endulzan el día y las calabazas lo solazan. Añadan a todo ello las flores para el camposanto, y advertirán que, entre bromas y sabores, sustos y duelos, todo acaba en lo mismo: la exaltación –una vez más- de la voracidad consumista.
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