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jueves, 7 de mayo de 2015

Casino de Cehegín

NUESTRO VIEJO CASINO

Los casinos se mueren, fenecen de hastío. Por eso el casino de Cehegín está gravemente herido, duerme la placidez del letargo. El círculo perdió hace años su talante prodigioso…. Los casinos inevitablemente naufragan, se hunden….. y dentro de poco quedarán nada más que unos supervivientes preparados para aguantar un poquito más hasta que faltos de vigor tiren la toalla y obliguen al viejo cancerbero a cancelar la puerta para siempre. Son los tiempos que corren…… 


Techo patio andaluz.
El Casino de Cehegín se fundó en el año 1860, cuando en el aire de Europa resonaba triunfante el Brindis de la Traviata, cantando el amor del joven Alfredo Germont hacia la cortesana Violetta, según la Dama de las Camelias, aunque esta vez con música de Verdi. Los suelos de esmeralda del casino armonizan con su decadente patio andaluz con azulejos de Manises, aunque sacados de una casa de Sevilla pero sin limonero y aljibe.

Socios años 50, jugando al dominó.
Y… ¡todos los salones se miran en la profundidad de sus monumentales espejos!, es como si visitásemos la calle del Gato en Madrid, aunque sin deformación grotesca, pero sí biselados y con barrocos marcos de bruñido oropel.

Salón de los Espejos
Sin embargo, estas rectangulares lunas ya no glorifican dentro de ellas los fastuosos escotes danzantes en aquellas noches de valses decimonónicos, cuando el frufruteo de los refajos flotaba sobre los miriñaques, mezclado con el bálsamo melifluo, mientras los impertinentes espejos centelleaban reflejando contenidas miradas delatoras y una música palpitante y alegre, como el latir de un corazón enamorado, revelaba el auténtico espíritu del carnaval.

Carnavales años 60.
El casino de Cehegín también posee sus salones enigmáticos, en la última restauración de la sociedad, al picotear una pared, le caló el pico al albañil y ¡¡sorpresa!!: afloró a la luz el aposento de los misterios, un sala oculta donde quién sabe qué encuentros furtivos se producirían allí. ¿Amores prohibidos…? ¿Reuniones políticas..? ¿Juegos vetados…? Además a la entidad le caracteriza otra cortina velada: una salida secreta siempre dispuesta para liberar posibles ocultaciones.

Antigua Escalera interior.

El casino también gozaba de confortables muebles, como si fuese un marchito balneario del romanticismo, sus singulares butacas de mimbre simbolizaban un tiempo ya efímero. Aquellos sillones se entronizaban en la acera de la calle Mayor, antagonistas de sus primos hermanos de la vecina sociedad ‘La Peña’, en los veranos silentes donde sólo se escuchaba el estridente gorjeo de los 'aviones' en su libérrima algazara cantando una placentera berceuse a los señorones que sesteaban a la sombra de los aristocráticas frontispicios.
Pero el gran mueble de la sociedad era un añoso piano Pleyel con remite de París, hoy como aquella arpa, silencioso y cubierto de polvo, y que sin duda le hubiese gustado a Chopin, en el caso de que el compositor polaco hubiese visitado el casino de Cehegín. Teclado amarillo, como una octogenaria y descolmillada dentadura impregnada de sarro, unos dientes de antigua sonrisa. ¡¡Y cuántos ingrávidas polcas del ciego Medina!! o románticos 'Recuerdos Floridos'.


Lo triste es que el piano está mudo, le arrancaron las entrañas para llevarlas a un afinador que casi seguro lo entregó directamente a la chatarra.
Los tacos de billar duermen huérfanos en un trastero polvoriento, sin zapatillas, descolmillado su suave tacto, añorando aquellas partidas de plato y de “las cuarenta y una”, sin jóvenes billaristas ocupando las tediosas tardes invernales. La mesa de billar olvidada en algún cementerio de la madera, hizo su último viaje desde la añosa bodega donde las ratas querían hacer su hogar.
El casino, como tantas otras casonas ceheginenses no necesita decorar sus paredes con cuadros de paisajes, porque puede presumir de ventanales con terrazas para admirar la singular panorámica de las “Caballerías” solar donde cuentan que se criaban los más esbeltos corceles para los caballeros del Infante don Alfonso. Asomados a su mirador volado, se pueden admirar, allá abajo, las casas techadas con tejas de cañón valentinense.
A las nuevas generaciones no les interesa, al menos por ahora, los casinos tal como se obstinan en continuar siendo, pero es que si cambiasen dejarían de ser casinos.



En la recóndita biblioteca, solitaria y abatida, como en el vecino patio de los duques de Ahumada…, ¡Mutismo…! Polvorientas revistas encuadernadas, la taurina ‘El Ruedo’ o ‘La Ilustración Española y Americana’, junto al prestigioso ‘Espasa Enciclopédico’ incompleto ya, y ‘La Enciclopedia Taurina’ de Cossío, además de los ‘Episodios Nacionales’ galdosianos y otros clásicos españoles de la lectura, frenados en un número impar, carcomidos por el comején y los días, y algunos tomos desorejados por la desidia. Se echa en falta un deslumbrante ‘Quijote’ de dos tomos ribeteados con pan de oro y cuero repujado, adornado con ilustraciones a mano, en suma una obra de arte de la impresión. Pero en paradero desconocido, seguramente en manos de algún intruso que se aprovechó en los años de desidia de la Asociación.
Uno de sus últimos quejidos es la tradición que probablemente viene desde el siglo XVII: las bandas que tocan en las procesiones de semana santa se dan cita el viernes Santo por la mañana en la puerta de la Sociedad para tocar exclusivamente pasodobles.
Se trata de una rivalidad amistosa entre las conjuntos musicales patrocinadas por los caballeros locales de las distintas cofradías penitenciales.


Actualmente ciento y pico de socios y tan sólo la presencia diaria de 8 o diez. Y es que los casinos desaparecen, o todavía peor, se encuentran agitando el pañuelo en el muelle de las despedidas.
Viejo casino de Cehegín… ¿recuerdas cuando se efectuaba el viejo método de bolas blancas y negras para la admisión de socios…?
¡Quién te ha visto y quién te ve…! 

Antigua tarjeta de invitación.





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