Desde mi Buhardilla Mesonzoica
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domingo, 10 de mayo de 2015

Mazantine (Maestro del hierro)

El tío Mazantine.

“…aquellos gratos rincones 
                               donde jugué de pequeño…”

Óleo de Mazantine
“Por todos los diablos del Averno…” -gruñó Vulcano la otra noche- “…han derribado la fragua de Mazantine y yo sin enterarme...”- e inmediatamente desató a todos los cancerberos de Pedro Botero para obsequiarnos con una tormenta de ensordecedores rayos y truenos.
Y es que no es para menos, pasó a mejor vida una feria de tiznes y martillazos, de fogatas imprevisibles y refulgentes ascuas de caprichosas formas que aun predominan ostentosas adornando las nobles fachadas cehegineras: “…tras de la reja anhelante / entre suspiro y suspiro / la dulce niña aguardaba / la llegada de su amante…
Balcones y ventanas de Cehegín, con los hierros diseñados con precisión, románticos forjados de 'buche de pichón' que vuela hacia un destino impreciso. Balaustradas y rejas cehegínenses, escoltando los antañones escudos nobiliarios como vestigios de un tiempo que se refugió al camposanto de los recuerdos.

Reja casa de Srta. Evangelina (desaparecida)
De las creativas manos de Pedro Carrasco ‘Mazantine’ lo mismo brotaba un crucifijo para entronizar en el ataúd de la abuela que el fornel para el ajuar de una novia. La pieza que le pidieran: un humilde candil para iluminar el comedor que una ostentosa reja para la nueva casa de doña fulana… 
Innumerables piezas de la artesanía local se fundieron en aquel ‘Crisol del Cerrojo y la Ganzúa’: tenazas, faroles, chuminos, badilas, atizadores, adornos de puertas nobles y ‘gonzes’ para el portillo del corral. Desde ganzúas para los 'alzados secretos' hasta gigantescas llaves, como la del Parador de Dª Blanca, que pesa más de un kilogramo.

Llaves de la Fragua
Seguramente hermanas de bastardas perolas y hierros enrobinados para la lumbre junto a los atizadores y demás utensilios que un lejano día hicieron las delicias de casas pudientes cocinando los averíos de la tradicional matanza del ‘chino’. Exquisita mezcla de sabores cociéndose en el infierno leñoso del rescoldo hogareño: el morcón, los chorizos y rellenos y la fuliginosa butifarra junto a las socorridas morcillas de cuyos jugosos posos resultaba el pringue, popular matahambres de una época y padre de todas las margarinas, patés y demás ungüentos actuales con que engañamos el desabrido apetito de los sufridos zagales.
Pero no sólo era ésto aquel Sancho Panza tiznado.
De los pocos hombres que leía algo –aunque fuesen sobadas novelas del Oeste escritas por Zane Grey- releía y se empapaba decenas de veces e intercambiaba con mi entrañable vecino Rosendo Zafra (otro devorador de Estefanía) con las aventuras de aquellos tipos delgados de seis pies y pico de alzada y de mirada intensa, con sendos pistolones en ambas caderas y espuelas de plata.
La verdad es que la primera vez que acudí a la fragua, siendo niño, me produjo un recuerdo indeleble su figura reservada. Lo asocié con el pavoroso Tío de los Saines, -raptor de niños según nos atemorizaban nuestros mayores-. Y sobre todo porque observando aquel mundillo de hierros y calderas le eché el ojo a un gran cajón oculto debajo de la mesa de trabajo donde brillaba un espléndido Colt 45 niquelado y con preciosas cachas nacaradas junto con dos enormes trabucos de la época de José Mª el Tempranillo. Mientras conversaba mi padre con el patriarcal artesano y con la normal curiosidad infantil cogí ilusionado el revólver apuntando hacia delante. Mazantine, alarmado, me sujetó de pronto el brazo riñéndome con severidad: -“Niño, no sabes que las armas las carga el diablo…”
Aquel pistolón de seis tiros lo obtuvo el viejo aventurero en la Guerra de Cuba: -“…me lo regaló un primo de Billy el Niño por salvarle la vida en aquella maldita guerra…”- tal vez de ahí nació su afición por las novelas del ‘Far West’.

Revolver Colt
La verdad es que el tío Pedro era una institución local, un personaje peculiar con su sempiterna cachimba en ristre, infectando el ambiente con la mezcla de hojas secadas al sol y pestilente tabaco que se recocía en aquella pipa de la paz (lo que daba la economía de posguerra).
Usaba unos viscosos quevedos apañados con un rústico remache e impregnados de cardenillo que hacían dudar de su utilidad. Ya le sugería el Maestro Chupilla, artista de la relojería: -“Pedro, no sé como puedes distinguir con esas antiparras, llévamelas a mi taller de la Plaza Vieja y te las repararé con mi pegamento a base de panecicos de beleño y jugo de chupamieles de ”Los Cuatro Caminos”. Se te van a quedar nuevas.”-
Aunque habitaba en casa de su hermana, alardeaba de soltería e individualismo y presumía de buen paladar. Así cuando bajaba de la plaza del Castillo, donde se ubicaba el mercado, solía mostrar la capaza a los amigos diciendo: “Lo que come Mazantine no lo come nadie”…


Miguel Muñoz Abril

Hasta le cupo el honor de ser inmortalizado en un espléndido lienzo por el famoso pintor Miguel Muñoz Abril, donde podemos recordar su porte enigmático, tocado con una vieja gorra ladeada, gesto adusto pero bonachón, destacando sus habilidosas manos, paradójicamente blancas e impolutas en contraste con su indumentaria desaliñada. 
Un día, Pedro Mazantine se durmió dulcemente con su pipa aún humeante dibujando señales oníricas del ‘Lejano Oeste’, dejando huérfano el antiguo taller, hoy desaparecido del paisaje fugitivo del Cabezo, convertido en 'Casa de las Monedas' donde acaso planee su plácido espíritu desde los fogones del Paraíso.


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