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miércoles, 17 de junio de 2015

El Chacachá del Tren

El Chachachá del Tren

«…corría el 1973 y se levantaron las vías para que no quedase duda de que el famoso camino de hierro quedaba sin ruta…» 
 De “El libro de Cehegín” de F. Alemán Sainz.


El Ferrobús (el último tren hacia Murcia).
En efecto, han transcurrido cuarenta y dos años y parece que fue ayer. El popular Ferrobús había dejado de circular dos años antes y seguíamos esperanzados por la prometida reapertura del trayecto, incluida la prolongación hasta Baza, pero para bien o para mal, esta línea férrea, ―inaugurada en 1.924 mientras nuestro paisano De la Cierva construía su célebre autogiro― la más segura vía de comunicación entre Caravaca y Murcia, desaparecía y con ella la puerta de escape hacia extraordinarios viajes, lejos de la inveterada monotonía local o al menos así nos lo parecía.
La gente murmuraba no sé qué intereses espurios de ciertas empresas de transportes. Lo cierto es que el “Caballo de Fierro”, aquel colosal juguete con “tos ferina” nos lo escamoteaban unos impostores, mientras las peculiares traviesas ferroviarias se removían como si nos arrancaran algo privativo de nuestras raíces locales.
Desaparecía aquel interminable viaje a la capital por los caminos de hierro, las casi cuatro horas de trayecto con la cuncusilla en trance de sufrir cualquier atrofia por culpa de los incómodos asientos de tercera que citara en sus versos Machado.
Como sentenciaba, irónico, mi viejo amigo Luis: ―«A partir de hoy, para ir a Murcia, deberemos conformarnos con la “Alsinia” »— El monótono chacachá enmudecía. -“En adelante se potenciará el cómodo servicio de autobuses…”—intentaban tranquilizar a los ciudadanos, - “…y el itinerario discurrirá incluso por el centro de los pueblos”. 
Ya no habría que caminar hasta las extraviadas estaciones situadas, casi todas, en la periferia, y en algunos casos atravesando a pie fincas y descampados a cierta distancia de los respectivos apeaderos como Los Baños de Mula, La Luz, o Los Rodeos. ¿Se acuerdan...?

Estación Baños de Mula.
¡Qué delicia! darnos un remojón en los gratificantes Baños de Mula y quitarnos las 'cascarrias', las cuales, en algunos casos, estaban pegadas a los tobillos desde la visita del año anterior. Así le ocurrió a Frasquito el Piadao (el de los ojos de gato): había heredado de su abuelo Froilán una piel cetrina; al salir de la bañera, extrañamente, lucía un cutis ‘nórdico’ y su mujer se alarmó creyendo que se había infiltrado un intruso en el baño. Y es que nunca se había enjabonado "tan en serio" su cuerpo serrano.
Por aquellos años 20 del siglo pasado era tal la expectativa ante la llegada del tren que hasta en el carnaval se cantaban coplas de esta guisa:
"De Cehegín a Caravaca /nos van a hacer una vía;
mucho tiempo está anunciada, / pero no ha llegao toavía.
Pues vámonos pronto a la vía, / a la vía que nos van a hacer:
quiera Dios y pronto llegue el día, / que juntos vayamos en el mismo tren.[1]
-Ya está el tren en la estación, / y la máquina pitando,
y las chicas cehegineras / para allá las van llevando."
Eran tiempos en que la TV. y demás medios de comunicación aún no nos habían ‘marcado a fuego’. Por ello conservábamos cierta simplicidad plagada de peregrinas costumbres vistas con el objetivo del siglo XXI (quien usaba reloj era un ser privilegiado) e innumerables vecinos al inicio de la jornada se guiaban, además de por el astro rey o los rotundos sones de la campana de la Concepción que se expandían por toda la vega, por el bullicioso pitido del ruidoso "bisonte de hierro" (como lo denominaban los indios del Far-West) que anunciaba su periplo hacia Murcia. 
-"¡Viajeros al tren…!"- exhortaba el honorable jefe de estación, Sr. Rodríguez, a la fila de gente que sacaba los billetes, indicándoles la inmediata partida, mientras los chufletazos de vapor asustaban a las chiquillos que intentaban colocar algún perro gordo para ser aplastado por las ruedas del tren.

Estación de Cehegín.(Años 60).
Los mozos de equipaje, como el Tión y su burro hornero —contaban del menesteroso animal que sufría tal hambre que se comió un trozo de persiana verde de la ventana de la estación—, el aguerrido Gabarria, o el tío Relampaguces (apodado así porque sus pestañas subían y bajaban a más de 1.000 kilómetros por minuto): todos ellos arrastrando los carretones cargados hasta los topes con maletas y paquetes hacia el centro de la ciudad, cruzábanse con los mancebos y mocicas que se dirigían en idílico paseo hasta los andenes tomando el tibio sol del Almajar amparados por los melancólicos álamos que jalonaban el camino.
Rezaba a la sazón una canción de moda: «El chacachá del tren, qué gusto da viajar cuando se va en el tren…» con el chirriar de aquel destartalado y vaporoso cacharro. Con qué celeridad discurría por el desfiladero del "Cabecico Ruenas de Begastri" -"Chuff, chuff, chuff..."- cogiendo brío para ascender por las cuestas del Escobar, mancillando el sereno y perfumado halo de las pinadas que oxigenan la pastoril ladera donde asomaba el brocal de la 'Fuente del Abad', allá donde el águila real se adueña del espacio.

Estación de Bullas
(Se observa una construcción distinta a las del resto del trayecto).
Y una vez culminada la interminable escalada por los bucólicos parajes bullenses, atendiendo las extrañas melopeas que entona el céfiro contra la floresta, nos inundaba una relajante modorra propia de quien sabe que no se pasará de estación si se dirige a Murcia, cuidando que la humeante carbonilla que escupía el tiznado fogón de la locomotora no se nos incrustase en los ojos, pues entonces habría que esperar a la próxima estación para descender apresuradamente del convoy y remojarse bien la oscurecida faz antes de llegar al destino.

Locomotora de vapor en Cehegín.
Lo que ignorábamos es que con el paso del tiempo transitaríamos por una galáctica autovía del siglo Euro XXI, aunque en una línea de autobuses decimonónicos con un recorrido hasta la capital que dejaría en mantillas a la mismísima odisea de Ulises, para nuevamente, como el gran círculo cósmico que es la existencia, retornar a los trechos de nuestros respectivos lugares.

Autovía del Noroeste de Murcia.
Y así, como las legendarias rutas, las calzadas romanas o las veredas reales de La Mesta, la entrañable senda ferroviaria se ha trasformado en la llamada Vía Verde, un ilusionado proyecto ecológico para los caminantes y amigos de la naturaleza, mientras se plasma en el recuerdo la nostálgica estampa ferroviaria del paisaje fugitivo.

Vía Verde a su paso por Begastri.

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